Cuando estaba en el colegio, poseído por ese espíritu adolescente de rebeldía y la inconformidad, solía considerar que la religión era el engaño más grande del mundo. Me sentía personalmente afectado por la indoctrinación de principios y preceptos morales que venían cargados de dogma y poco sentido real. 

Tenía una cierta fascinación por aquello que era opuesto a la religión – me interesaban otros preceptos éticos basados en la racionalidad y una perspectiva moral superior y más práctica. Creo que las personas me percibían distinto en este aspecto. Quizás incluso problemático – porque mi moral era muy ligera y capaz de justificar una existencia basada en hedonismo y superficialidad – quizás mis pares de quella época lo interpretaban así, aunque detrás de lo superficial, definitivamente había un hambre insaciable por lo superior y la espiritualidad.

Luego, más adelante en la vida, los preceptos religiosos me empezaron a molestar de manera explícita. Siempre me he cuestionado por qué algunas personas están facultadas para hablar a otras respecto a la divinidad mientras otras no ejercen esta facultad. Y todavía me sigue pareciendo curioso que algunas personas puedan justificar sus ataques psíquicos a otras personas bajo el manto de la religión – eso es lo que ocurre cuando sectas, células o iglesias se acercan de manera proactiva a otra persona con la intención de reclutarla para su causa ideológica.  

Sin embargo, debo destacar que el tiempo me ha ido cambiando en este sentido. Hoy en día encuentro mucho valor espiritual en las enseñanzas espirituales basadas en las escrituras sagradas de casi cualquier religión. Una vez que la neblina ideológica de la juventud se va perdiendo, queda un sentido más práctico de las cosas que parece no preocuparse tanto por los demás – y en ese sentido, quizás lo más interesante que la religión puede lograr es el desarrollo de la relación con uno mismo y la identificación de algo intrínsecamente sagrado en la condición humana.

Esa es quizás la mentira – la promesa falsa – aquella que te guía a pensar que tu Dios está fuera y lejos de ti. Y el problema con esta mentira es justamente que fomenta la alienación del sentido de autoestima, y muchas personas terminan amando más un Dios externo e imaginario, que al auténtico reflejo y manifestación de lo divino, que se encuentra dentro de si mismos. Y es que quizás lo externo y lo interno tampoco están tan divididos – quizás lo uno es un reflejo de lo otro.

Y es justamente por este tipo de análisis es que prefiero mantenerme suficientemente alejado de cualquier conversación que tenga que ver con el tema.