Ha llegado el momento de aceptar que la situación no se va a resolver con tanta facilidad.

Cuando la cuarentena empezó, creo que la mayoría pensamos que sería un episodio que duraría algunas semanas. Creímos que luego de contenerse, volveríamos a nuestros trabajos y nuestras vidas normales.

Pero unos pocos días después, enfrentamos una situación en la que cada día parecía cambiar radicalmente nuestra proyección de como se resolvería el problema del coronavirus – creo que incluso para muchos, entre quienes me incluyo, fue bastante sorpresivo.

No pensamos que el coronavirus podía llevarnos a una crisis en la que las personas deban permanecer varios días encerrados junto a los cadáveres de sus familiares porque no hay quien los recoja. Tampoco pensamos que una ciudad entera podía colapsar en un par de semanas. Personalmente, siento que mucho de lo que ocurrió fue súbito y sorpresivo.

Ahora, temo que la proyección que nos habíamos planteado respecto a la resolución de esta situación, es parte de los vestigios de un mundo que quizás ya no existe y no vuelva a existir.

La situación es especialmente extraña porque las personas se sienten amenazadas por un ente invisible y microscópico. No lo pueden ver y, por eso, no pueden sentirse seguros en ningún lugar.

Todavía tengo una sensación extraña respecto a ciertas medidas de desinfección que se están implementando de manera generalizada y respecto a cuya eficiencia tengo dudas: las mascarillas, guantes re utilizados un millón de veces, las desinfecciones de suelas de zapato a la entrada de mi edificio – no puedo evitar sentir un halo de ridiculez en todo.

Las desinfecciones en espacios abiertos resultan paradójica – refuerzan un sentido de higiene que no necesariamente es saludable.

O bueno quizás estoy equivocado y aquellas medidas son las únicas manera que tenemos de sentirnos tranquilos y seguros. Lo cierto, en mi opinión, es que se siente más como paranoia que seguridad.

Al mismo tiempo, me cuestiono si ya hemos aceptado el radical cambio que estamos atravesando, en cuanto a la economía.

Hoy en día, existen varios negocios para los que el mundo no ha parado – en absoluto. Continúan haciendo dinero y quizás más que antes. Me imagino que las personas hoy en día prefieren comprar todo lo que necesitan en un solo lugar, y creo que el más indicado para la mayoría sería un supermercado.

El Estado ha tenido la misma interpretación. Los supermercados se han vuelto tan esenciales en este estado de aislamiento, que son (muy probablemente), el eje primario de la economía de cuarentena.

No todos los negocios están cerrados. Este mes probablemente sea un pico de ventas para supermercados y otras industrias.

Pero mientras tanto, el mismo Estado ha decidido que otros negocios no son tan esenciales y que no debería permitírseles operar durante este periodo.

Esta decisión por parte del Estado marca un importante precedente respecto al rol económico que un gobierno juega durante un estado de emergencia. Y es un rol cuya importancia solo se incrementará conforme los distintos actores de la economía vayan colapsando, mientras otros incrementan sus ganancias favorecidos por una cuarentena impuesta y protegida (policial y militarmente) por el Estado.

Quizás éste sea el prototipo de la milicia del siglo XXI – con mascarilla, mientras la desconfianza social se dispara.

Quiero aclarar que no estoy diciendo que las medidas de aislamiento social sean innecesarias. Quizás sí lo son – la verdad es que yo no sé. Las personas que no hemos padecido de coronavirus vivimos justamente en ese estado de desconocimiento en el que nuestra percepción de la pandemia está altamente influida por los medios que elegimos consumir y los mensajes que al gobierno (y otro grupos políticos) le interesa promover.

Pero me preguntó si existe alguna contrafuerza civil que equilibre el impositivo rol del Estado en estás circunstancias. Y si existiera – estaríamos abiertos a impulsarlo o apoyarlo? Y bajo qué consecuencias?

No todo es cuarentena. En estos días recibí esta convocatoria internacional a romper la cuarentena.

Pero quiero resaltar que tanto el rol de los Estados, como el de las empresas, las personas y los medios, están profundamente alterados y que seguramente demoremos mucho tiempo en re-definir lo que es justo y correcto en el nuevo sistema en que vivimos.

Aparentemente, no volverá a ser exactamente igual que antes, jamás.