Escuchando una de la iluminadas charlas de Alan Watts, me encontré con la idea de que la privacidad y el pecado son lo mismo, en el sentido de que cada individuo tiene sus secretos y siempre ha existido alguna estructura social que busca regular el comportamiento de las personas a pesar de sus secretos, sus pecados o su necesidad de privacidad.

Así, en siglos pasados, la religión estableció la idea de que existe un Dios que está conciente de todo – de los actos y los pensamientos de todas las personas. El pecado, por tanto, sería aquello que no estaría bien «a los ojos de Dios» y la religión cumplía con la función de regular aquella parte de la naturaleza humana que necesita mantenerse como un «secreto» para garantizar cierta estructura social y orden.

Esto no significa que las personas hayan dejado de «pecar» solo porque la religión lo prohibía o lo condenaba – simplemente significa que sus «pecados», o sus secretos, existían dentro de un contexto social claramente establecido donde se identifica a ese comportamiento como apropiado frente a la guía oficial, o inapropiado desde la misma perspectiva.

Esta reflexión es interesante considerando la situación actual en la que la religión ha perdido influencia sobre el comportamiento social, pero las redes sociales, por otro lado, han ganado gran importancia e influencia.

¿Por qué es tan interesante? Porque de alguna manera, las redes sociales hoy en día se convierten en el mecanismo de regulación social donde las personas exponen sus secretos y sus pensamientos íntimos – una especie de campo transparente donde todo es público y las personas se exponen al mismo tiempo que el tejido social se va adaptando a lo que las personas consideran o no aceptable.

Incluso más allá de las redes sociales, se podría argumentar que el marketing digital utiliza una serie de mecanismos para identificar las conductas «secretas» de las personas. Y sí, me estoy refiriendo a todas esas conductas de las personas, en el Internet, que quizás hubieras mantenido mucho más ocultas hace 20 años, pero que hoy en día, gracias al Internet, pueden desplegarse libremente en un entorno digital que ofrece algún tipo de ilógica promesa de «privacidad».

Dicha privacidad, en sí, no existe en realidad porque el sistema está hecho para seguirte, para identificarte y para utilizar tus secretos dentro de un contexto económico, dirigiendo mensajes específicamente para personas que realizaron las conductas que tú realizaste.

Es una reflexión interesante – el pecado y la necesidad de privacidad, finalmente, son más o menos lo mismo. Y realmente no estamos inventando nada nuevo, sino reemplazando aquello que ya no cumple su función original.